Mi esposo me empujó desde un tren en movimiento para deshacerse de mí y quedarse con todo lo que era mío… pero jamás imaginó lo que ocurriría apenas unos minutos después.

El tren avanzaba lentamente, retumbando sobre un viejo puente ferroviario curvado que cruzaba un profundo desfiladero. Muy abajo, un río de montaña corría con fuerza, y su sonido subía hasta el aire como un zumbido constante. El atardecer caía, y los últimos rayos del sol teñían las montañas de tonos dorados y violetas.

El viento soplaba con fuerza entre los vagones, haciendo que las estructuras metálicas crujieran suavemente. Algunos pasajeros estaban junto a las ventanas, admirando el paisaje y tomando fotos.

Marina salió a la estrecha plataforma entre dos vagones. Necesitaba un momento a solas. Había sido un día largo, y demasiados pensamientos giraban en su cabeza. Se apoyó en la fría barandilla y cerró los ojos por un instante, intentando calmar su respiración.

Detrás de ella apareció la silueta de un hombre.

Alexey.

Se acercó casi en silencio, como si lo hubiera practicado antes.

—Es hermoso, ¿verdad? —dijo con calma.

Marina se giró ligeramente y sonrió con cansancio.

—Sí… aunque también da un poco de miedo. Mira esa altura.

Bajó la mirada.

El puente se alzaba sobre un inmenso desfiladero. Desde arriba, el río parecía apenas una delgada cinta plateada.

Alexey se acercó más.

Demasiado cerca.

Se quedó en silencio por un instante, como si reflexionara profundamente sobre algo. Su mirada era extrañamente tranquila.

Luego dijo en voz baja:

—¿Sabes?… A veces la vida resuelve las cosas mucho más fácil de lo que imaginamos.

Marina frunció el ceño y se volvió hacia él.

—¿Qué quieres decir?

Pero ya no hubo respuesta.

Al segundo siguiente, Alexey la empujó con ambas manos.

Todo ocurrió tan rápido que Marina ni siquiera tuvo tiempo de gritar.

Su cuerpo rodó por encima de la barandilla y desapareció en el vacío bajo el puente.

Por un instante, solo su vestido rosa flotó en el aire, agitado por el viento como una frágil mariposa. Luego también desapareció en la profundidad del desfiladero.

El tren continuó su camino.

Las ruedas de metal retumbaban sobre los rieles, como si nada hubiera pasado.

Alexey se quedó inmóvil. Su respiración era pesada, pero su rostro permanecía casi inexpresivo.

Miró rápidamente a su alrededor.

No había nadie en la plataforma.

La puerta del vagón detrás de él se balanceó suavemente por el viento.

—Eso es todo… —susurró para sí mismo—. Se acabó.

Se acomodó el abrigo, respiró hondo y dio unos pasos hacia atrás. Luego agarró la manija y abrió la puerta del vagón.

Pero justo en ese momento ocurrió algo que ni siquiera podía imaginar.

Desde el otro extremo del pasillo se escuchó una voz.

—Disculpe… ¿usted estaba hace un momento en la plataforma?

Alexey se quedó paralizado.

Frente a él estaba un hombre de unos cuarenta años con una cámara en la mano.

—Grabo videos de viaje para mi blog —dijo con calma—. Este puente es increíble… Acabo de filmar desde la ventana.

Levantó ligeramente la cámara.

—Y creo… que la cámara grabó todo lo que acaba de pasar.

Alexey sintió cómo una ola fría le recorría la espalda.

El hombre lo miró con seriedad.

—El tren se detendrá pronto en la siguiente estación —añadió tranquilamente—. Tal vez deberíamos hablar con el revisor.

Alexey no respondió.

Su mente estaba en caos, buscando desesperadamente una salida.

Pero aún no sabía que su peor pesadilla apenas estaba comenzando.

Porque, al mismo tiempo, bajo el puente ocurrió algo completamente inesperado.

Marina cayó durante varios largos segundos en el vacío.

El viento golpeaba su rostro, y el aire le arrancaba el aliento del pecho. Todo parecía suceder en cámara lenta.

Solo podía pensar en una cosa:

Alexey me empujó.

Y entonces golpeó el agua.

El impacto fue brutal.

El agua helada del río de montaña se sintió en su piel como miles de agujas. El golpe la dejó inconsciente por un instante.

Pero pronto la fuerte corriente la llevó de nuevo a la superficie.

Marina jadeaba desesperadamente, intentando mantenerse a flote. Su cuerpo estaba pesado, y el frío hacía que cada movimiento fuera casi imposible.

Por suerte, bajo el puente corría un río ancho, y no un desfiladero lleno de rocas.

Cerca de la orilla flotaba una pequeña barca de pescadores.

Dos hombres revisaban sus redes cuando escucharon un fuerte ruido.

—¿Oíste eso? —dijo uno de ellos.

Se giraron hacia el río.

Entonces vieron algo moviéndose en el agua.

—¡Hay alguien en el agua! ¡Rápido! —gritó el otro.

Encendieron el motor de la barca y se dirigieron a toda velocidad hacia la corriente.

Minutos después ya estaban junto a Marina.

—¡Aguante! —gritó uno de los pescadores.

La sujetaron por los brazos y la subieron a la barca.

Marina yacía en el fondo, pálida, empapada, temblando sin control por el frío.

Pero estaba viva.
Uno de los pescadores se quitó la chaqueta y la envolvió con ella.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó con seriedad.

Marina abrió los ojos con dificultad.

—Mi esposo… —susurró débilmente.

Al mismo tiempo, el tren se acercaba a la siguiente estación.

Alexey estaba de pie junto a la ventana del vagón, intentando parecer tranquilo. Respiró hondo y forzó una expresión neutra en su rostro.

Ya había preparado una explicación.

Diría que Marina había salido sola a la plataforma y que había resbalado. Algo que podía pasarle a cualquiera.

Y aunque alguien hubiera visto algo, no habría pruebas.

Eso era lo que se repetía a sí mismo.

Pero cuando el tren empezó a frenar y finalmente se detuvo en la estación, su corazón comenzó a latir con más fuerza.

En el andén había varias personas.

Y entre ellas… policías.

Dos de ellos caminaron directamente hacia su vagón.

Alexey intentó mantener la calma, pero sus manos empezaron a temblar.

La puerta se abrió.

—¿Alexey Sokolov? —preguntó uno de los policías.

—Sí… —respondió con vacilación.

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