La puerta del lujoso todoterreno se abrió de golpe, y un viento frío mezclado con lluvia irrumpió en el interior.
—¡Bájate! ¡Por tu culpa ya voy tarde a una reunión! —gritó Carlos, golpeando nerviosamente el volante con los dedos y mirando el reloj.
Elena parpadeaba confundida, intentando distinguir algo familiar a través de la cortina gris de la lluvia. A su alrededor solo había un descampado y una parada medio derruida con una estructura oxidada. La ciudad quedaba a no menos de cinco kilómetros.
—Carlitos… hijo, llévame un poco más… хотя бы до метро… Tengo documentos del hospital… hoy la presión me está jugando malas pasadas… —su voz temblaba, dejando al descubierto toda su indefensión.
—Mamá, ¡ya llevo una hora dando vueltas contigo por el tráfico! ¡Tengo que firmar un contrato en cualquier momento! El autobús pasa en quince minutos… ¡esperas y ya!

—Igor, aquí el autobús suburbano pasa… una vez cada hora y media…
—¡Pues te quedas esperando! ¡No soy tu chófer gratis! ¡Bájate! —se inclinó bruscamente sobre ella y lanzó su bolso прямо en un charco.
A Elena no le quedó otra opción que salir para no caer tras sus cosas. Ni siquiera alcanzó a cerrar la puerta: su hijo la cerró de golpe desde dentro. El coche arrancó violentamente, salpicándola con agua sucia.
Se dejó caer lentamente sobre el banco mojado. La lluvia corría por su rostro, mezclándose con lágrimas calientes. Dentro de ella algo se rompió… de forma definitiva.
Solo tres meses antes había vendido su casa de campo. Ese lugar donde cada manzano lo había plantado con sus propias manos, donde el pequeño Igor corría descalzo por la hierba. La vendió porque su hijo se había arrodillado frente a ella:
—Mamá, mi negocio se está hundiendo… necesito dinero urgente… Te lo devolveré en seis meses, con intereses… sin ti me pierdo…
Le dio ochocientos mil. Todo. Hasta el último centavo.
Y hoy, ese mismo hijo “salvado” la había dejado bajo la lluvia como si fuera una carga.
El teléfono vibró. Número desconocido.
—¿Elena? Soy Verónica. La novia de Igor. Tenemos que vernos urgentemente.
Al día siguiente, Elena estaba sentada en una cafetería barata. Frente a ella, una mujer hermosa, cuidada… claramente embarazada bajo su abrigo.
—¿Estás… embarazada? —preguntó en voz baja.
—Cinco meses. ¿Tu hijo no te lo dijo? —sonrió con amargura—. Claro que no… Él sabe ocultar bien la verdad.
Sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.
—Ayer buscaba unos análisis… y encontré esto.
Era un contrato de compra de un lujoso apartamento. A nombre solo de Igor. La fecha coincidía exactamente con el día en que Elena le había transferido el dinero.
—Me dijo que eran bonificaciones… que él lo había ganado… —la voz de Verónica tembló—. Y ayer escuché cómo se reía diciendo que “dejó a la vieja en la carretera para no arruinarse el humor antes de la reunión”.
A Elena se le oscureció la vista.
—Mi madre murió hace diez años… —Verónica rompió a llorar—. Yo daría todo por tomar su mano otra vez… Y él… dejó a la suya bajo la lluvia. Me fui de su lado. No quiero que mi hijo tenga un padre así.
Esa noche, Elena se sentó en la oscuridad. Ya no había lágrimas. Solo una rabia fría y firme.
El teléfono sonó. “Hijito”.

—Mamá, mándame cinco mil… Verónica se fue… necesito despejarme…
—Igor. Sé lo del apartamento. Y del dinero.
Silencio… luego una risa fría.
—¿Y qué? ¡Lo compré! ¡Tú me lo diste!
—Dijiste que era un préstamo.
—¿Préstamo entre familia? —respondió molesto—. No me fastidies.
—Me dejaste bajo la lluvia. Con la presión alta.
—¡No te hagas la víctima! ¡Yo no te pedí que me dieras la vida! ¡No te debo nada!
Colgó.
“No te lo pedí”.
“No te debo nada”.
A la mañana siguiente, Elena estaba en el despacho de un abogado.
—¿Hay posibilidades?
—Sin contrato es difícil… pero si hay testigos…
—Sí. Su ex pareja.
—Entonces ganaremos.
Un mes después, el dinero llegó.
En el concepto decía:
“Trágatelo. Ya no eres mi madre.”
Elena lo leyó… y borró su número.
Ahora vivía en un apartamento acogedor. En la mesa había vitaminas que antes no podía permitirse. En su bolso, un billete a un balneario —por primera vez en cuarenta años.
Llamaron a la puerta.
Era Verónica… con una pequeña niña en brazos.
—Perdón por no avisar… Acabamos de salir del hospital. Quería enseñártela… La llamé Galina.
Elena se quedó inmóvil. Lágrimas… pero ahora eran de luz.
—¿Por qué Galina?
—Porque eres el ejemplo de una mujer que supo defenderse y no perder su dignidad.
Elena tomó a la bebé en brazos. La niña abrió los ojos y sujetó su cadena con fuerza.

—¿Sabes, Verónica…? —susurró—. Lo más terrible no es la soledad… es vivir para quienes están listos para pisotearte.
Fuera, el sol brillaba, secando los últimos charcos.
Por primera vez en muchos años… Elena respiraba libre.
Había perdido a su hijo…
pero por fin se había encontrado a sí misma.
