En el funeral de la niña, su abuelo sintió que algo no estaba bien y decidió abrir el ataúd; lo que vio casi lo hizo perder el conocimiento.
En el funeral de Lisa reinaba un silencio opresivo, roto solo por sollozos contenidos y el ladrido sordo de un perro que intentaba lanzarse hacia el ataúd.
El abuelo de la niña estaba de pie, con las manos hundidas en los bolsillos de su viejo abrigo, mirando fijamente la tapa blanca bajo la cual descansaba su única nieta. Se había ido de repente, demasiado pronto.
El perro se agitaba, aullaba, como si no pudiera aceptar lo ocurrido. Todos pensaban que era por el dolor. Pero el anciano sentía que algo no encajaba.
El abuelo dio un paso hacia el ataúd. La gente a su alrededor empezó a susurrar:

— Se volvió loco del dolor…
— Pobre anciano…
Pero a él ya no le importaba. Su corazón latía con tal fuerza que parecía a punto de estallar en su pecho. Cuando su mano se posó sobre la tapa, escuchó un sonido. Apenas perceptible, casi imperceptible — como un débil gemido, como un quejido…
La multitud se quedó paralizada. Alguien gritó:
— ¡No te atrevas!
— ¡No lo hagas, ten piedad de ti mismo!
Pero él ya estaba arrancando la tapa, forzando las cerraduras, rompiendo los pestillos — como en un delirio. Finalmente cedió. El abuelo miró dentro — y estuvo a punto de perder el conocimiento ante lo que vio.

Dentro, junto al cuerpo de su nieta, acurrucada como un ovillo, estaba su gata favorita — Lea.
Su pelaje estaba despeinado, los ojos cerrados. Muerta.
El animal, al parecer, había logrado entrar para despedirse. Tal vez su corazón no resistió — la nostalgia, el dolor, el miedo, todas esas emociones que en los humanos tantas veces se esconden, pero que en los animales viven, por el contrario, a cielo abierto.
El anciano se arrodilló, y las lágrimas finalmente rompieron su resistencia. No solo por Liza. Sino por la forma en que incluso los animales se despiden con más sinceridad que las personas. Por cómo sienten más de lo que estamos dispuestos a admitir.
Lea yacía junto a la niña, como si custodiara su último camino.

Y en esa despedida había algo aterrador, pero también algo puro. Algo verdadero.
Después de aquello, la gente del pueblo siguió hablando durante mucho tiempo sobre aquel extraño funeral.
