El marido llevó a su esposa al cementerio en plena noche, la acercó a una tumba recién cavada y, con frialdad, le dijo: «Este lugar es para ti». Dominada por el miedo y la desesperación, la mujer aceptó sus condiciones… pero más tarde hizo algo que cambió por completo el rumbo de la historia, y fue él quien terminó arrodillado ante ella, suplicando su perdón.

Anna no quería ni oír hablar de los documentos. Al principio todo eran conversaciones aparentemente normales, sentados a la mesa de la cocina.
—Firma, es solo una formalidad.
—No voy a firmar nada. Voy a pedir el divorcio.
Él sonreía, pero sus ojos se volvían cada vez más fríos. Solo quería una cosa: que después del divorcio ella no recibiera ni la casa, ni el negocio, ni un solo centavo.
Anna se mantenía serena. Dijo que la división de bienes se resolvería en los tribunales. Que ya no tenía miedo.
Una semana después, él se volvió irritable. Luego, excesivamente amable. Y una noche dijo:
—Vamos a salir. Tenemos que hablar sin oídos indiscretos.
Anna sintió una punzada de inquietud, pero subió al coche.
El vehículo se detuvo. Los faros arrancaron de la oscuridad cruces torcidas y un montículo reciente de tierra rojiza.
—Baja —ordenó él con frialdad.
—¿Por qué me has traído aquí? Por favor… no hagas ninguna locura.
—Camina. Mira con atención.
La llevó hasta el borde de la fosa. Era profunda, húmeda, con ese olor denso a tierra fría recién removida. Una tumba común… pero vacía.
Él hablaba con calma, casi con tono profesional, como si estuviera cerrando un trato y no pronunciando una amenaza.

—Imagínate la noticia: “Mujer sin identificar, de unos treinta años. Sin documentos. La causa de la muerte será la que determinen los peritos… la adecuada. Todo puede pasar. Un accidente. Desaparecida. ¿Quién la buscaría?”
Anna palideció.
—Estás loco.
—No. Solo quiero que firmes los papeles y dejes de complicarme la vida. Entonces nos iremos de aquí como si esta noche nunca hubiera existido.
Sacó una carpeta. La pluma cayó en la palma de ella.
Anna miró la fosa, la tierra húmeda… luego a su marido. Le temblaban las manos, pero firmó.
—Así me gusta —dijo él en voz baja.

Se marcharon de allí. Pero en ese momento, el marido ni siquiera podía imaginar que su esposa ya estaba preparando algo que cambiaría el juego por completo… algo que, muy pronto, lo tendría a él de rodillas, suplicando clemencia.
