Cada noche tenía la misma sensación: alguien estaba en mi casa.
No apareció de golpe. Al principio fueron sonidos —suaves, casi imperceptibles—. El crujido del suelo, como si alguien caminara con extremo cuidado. Un golpe sordo, como si un mueble hubiera sido rozado. A veces, un leve susurro, como si alguien abriera un armario o rebuscara entre mis cosas.
Yo permanecía acostada en la oscuridad, paralizada, con el miedo clavado en el cuerpo, temiendo incluso respirar.
Por eso instalé una cámara en mi habitación.
Y cuando a la mañana siguiente revisé las grabaciones… me invadió el terror.

Tenía la impresión de que un desconocido se movía por mi apartamento. No de forma brusca ni descarada; al contrario, con un cuidado extremo. Como si ese “alguien” conociera mi casa y no quisiera ser descubierto. El sonido de los pasos lo oía casi siempre de madrugada, entre las dos y las cuatro de la mañana, cuando el cuerpo pesa y la mente flota en un estado extraño.
Por la mañana me esperaban cosas inquietantes. Los objetos no estaban donde los había dejado: el teléfono aparecía sobre la cama, aunque esa noche lo había puesto en la mesa; la ropa estaba tirada sobre la silla; en el suelo había cosas que, sin duda, no deberían estar allí. A veces la habitación estaba realmente desordenada, como si alguien hubiera revisado los armarios.

Lo atribuía al cansancio, a la distracción. Me convencía de que simplemente no recordaba dónde había dejado todo.
Durante la noche incluso me desperté varias veces con la sensación de que alguien me observaba. Pero no abría los ojos. Me repetía que era un sueño, un producto de mi imaginación.
Hasta que el miedo se volvió demasiado real.

Una mañana me desperté temblando y lo entendí: esto no podía seguir así. Instalé una cámara en mi habitación. La apunté directamente a la cama y la dejé encendida toda la noche. Estaba segura de que, si realmente había alguien más en mi casa, la cámara lo demostraría.
Por la mañana me senté a revisar la grabación.
Y lo que vi en la pantalla me heló la sangre.
Al principio, nada. Yo dormía, inmóvil, acostada.
Pero después… me vi a mí misma incorporándome lentamente en mitad de la noche. Sentada en el borde de la cama. De pie.
La cámara captaba cada movimiento: tranquilo, calculado, casi metódico. Yo caminaba por la habitación, abría el armario, sacaba cosas y las lanzaba sobre la cama y el suelo.
Tomaba mi teléfono, lo miraba, lo dejaba en otro lugar. Empujaba sin querer la silla, que terminaba volcándose.
Y luego regresaba a la cama y me acostaba de nuevo, como si nada hubiera ocurrido.

Miraba la pantalla y no podía respirar.
En la casa no había nadie. Nadie más que yo.
No recordaba absolutamente nada de aquello. Ni un solo paso, ni un movimiento, ni el desorden. Todas esas noches, todo el miedo, todos los ruidos… era yo.
Mi sonambulismo.
Mi otro yo nocturno, del que no tenía la menor conciencia.
Y lo más aterrador no era que alguien caminara por mi casa.
Lo más aterrador era entender que ese “alguien” había sido yo todo el tiempo.
Y que ahora tenía por delante un largo camino de tratamiento y recuperación.
